Dra. Maria Guerrero Escusa

Dra. Maria Guerrero Escusa
FUNDADORA DEL CENTRO DE ATENCIÓN PSICOLÓGICA, CAPS PSICOLOGOS EN 1991

ESTE ES UN BLOG DE VIDA, REFLEXIÓN Y ENCUENTRO

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lunes, 24 de octubre de 2011

APRENDER A PARARSE


Aprendemos un montón de cosas a nivel consciente y luego olvidamos lo que hemos aprendido y usamos la habilidad adquirida. Yo gocé de una enorme ventaja sobre los demás: tuve poliomielitis, quedé totalmente paralítico, con una inflamación tan grande que incluso padecía de parálisis sensorial. Pero podía mover los ojos y mi audición no sufrió ningún trastorno. Me sentía muy solo, tendido en una cama sin poder mover otra cosa que los ojos. Estuve en cuarentena en nuestra granja, con siete hermanas y un hermano, mis padres y una enfermera. ¿De qué manera podía entretenerme?
Empecé a observar a la gente y el entorno. Pronto aprendí que mis hermanas podían decir "no" cuando en realidad querían decir "sí", y podían decir "sí" y al mismo tiempo querer decir "no". Tal vez le ofrecían a otra hermanita una manzana, y después se la negaban. Y así comencé a estudiar el lenguaje no verbal y el lenguaje corporal.
Tenía una hermanita que ya había aprendido a gatear; por mi parte, yo debía aprender a pararme y a caminar. Se imaginan con qué interés observé a mi hermanita mientras pasaba del gateo al aprendizaje de cómo pararse. Ninguno de ustedes sabe cómo aprendió a pararse. Ni siquiera saben cómo aprendieron a caminar. Tal vez piensen que son capaces de caminar en línea recta seis cuadras seguidas si no hay tránsito de peatones ni de vehículos. ¡No saben que no podían caminar en línea recta manteniendo un ritmo uniforme!
Ustedes no saben qué es lo que hacen al caminar. No saben cómo aprendieron a pararse.
Lo aprendieron extendiendo la mano y tirando desde ella. Esa presión sobre sus manos les hizo descubrir, por accidente, que podían asentar un peso sobre sus pies. Esto es algo tremendamente complicado, porque las rodillas ceden... y si ellas se mantienen derechas, la que cede es la cadera, y los pies quedan trabados. Uno no puede pararse porque tanto las rodillas como las caderas ceden. Los pies se cruzan... y pronto uno aprende que debe armarse de coraje y esforzarse hacia arriba cuidando de mantener derechas las rodillas... una por vez. Cuando ya se ha aprendido eso, se debe poner atención en mantener rodillas y caderas derechas ¡y al mismo tiempo los pies bien separados! Ahora sí, finalmente, uno puede mantenerse parado con los dos pies separados, apoyándose en las manos.

Vino luego una lección en tres etapas. Uno distribuye el propio peso en los dos pies y una sola mano, ya que esta otra (la izquierda) no nos soporta en absoluto. Sinceramente una dura faena... que permite aprender a pararse derecho, con las caderas derechas, las rodillas derechas, los pies separados, y esta mano (la derecha) presionando fuerte hacia abajo. Después de eso uno descubre cómo modificar el equilibrio del cuerpo. Se modifica el equilibrio del cuerpo si uno da vuelta la cabeza, da vuelta el cuerpo. Hay que aprender a coordinar todas las modificaciones del equilibrio del cuerpo cuando uno mueve una mano, la cabeza, un hombro, el cuerpo íntegro... y después hay que aprender esto mismo apoyando en la otra mano.
Entonces viene lo terrible: el formidable aprendizaje de azar ambas manos y moverlas en todas direcciones, dependiendo sólo de las dos sólidas bases de los pies, bien separados. Y manteniendo derechas las caderas... derechas las rodillas, con la atención tan dividida que se pueda reparar en las rodillas, caderas, brazo izquierdo, brazo derecho, cabeza, tronco. Y por último, cuando ya se contaba con habilidad suficiente, uno intentaba mantenerse en equilibrio apoyado en un solo pie. ¡Era un trabajo infernal!
¿Cómo es posible mantener el cuerpo entero, con las caderas derechas, las rodillas derechas, sintiendo el movimiento de cada mano, el movimiento de la cabeza, el movimiento del cuerpo, y entonces adelantar un pie y alterar así todo el centro de gravedad? Las rodillas se flexionaban... ¡y uno se caía de culo! Pero se levantaba y volvía a intentar.
Hasta que a la larga uno aprendía a adelantar un pie y dar un paso... y eso parecía magnífico, así que uno lo repetía... qué bueno es. Luego el tercer paso, con el mismo pie que el primero, y allí ¡cataplum, se iba al suelo! Llevaba largo rato alternar derecha-izquierda, derecha-izquierda, derecha-izquierda. Y ahora uno podía mover los brazos hacia adelante y hacia atrás, volver la cabeza, mirar a uno y otro lado y seguir caminando sin prestar la más mínima atención a las rodillas derecha, las caderas derechas.Relato autobiográfico de Milton Erickson, en su libro "Mi voz irá contigo"

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